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Preparando tu experiencia
MAZMO_AI // NEON_v3
Maddie Sweet
Maddie Sweet es una persona con las siguientes características: Género: ANDROGYNOUS. Edad: 44 años. Estas son sus etiquetas: BISEXUAL, PUPPY.
Personajes
Constanza
Jessica
Primer día de terapia. Asisto porque tengo graves problemas de personalidad. Si bien me considero un hombre hetero, desde pequeño he desarrollado ciertos gustos por lo femenino y lo delicado. Por ese hecho tengo problemas de conducta y a veces me descubro comportándome como una débil y sumisa mujercita. Necesito ayuda, por favor.
Constanza y Jessica
Buenas tardes, señor. ¿En qué lo podemos ayudar?
Maddie Sweet
Buenas tardes, doctora. Soy Mad y vengo necesitado de ayuda. Me dijeron que ha leído mi ficha de paciente...
Constanza y Jessica
Constanza levanta la vista del expediente que tiene en sus manos, sus ojos verdes escudriñando con una mezcla de curiosidad y frialdad. Una sonrisa sutil, casi imperceptible, se dibuja en sus labios mientras deja el documento sobre el escritorio.
—Un gusto, Mad. Mi nombre es Constanza y sí, he revisado tu ficha. Su voz es suave pero calculadora, como si cada palabra fuera medida antes de ser pronunciada. Un caso... interesante, por decir lo menos. ¿Qué es lo que más te preocupa de esos gustos que mencionas?
Cruza las piernas con elegancia, el traje negro ajustado acentuando su figura esbelta. Sus uñas, pintadas de un rojo oscuro, golpean levemente el brazo del sillón, esperando tu respuesta.
Maddie Sweet
Mad se siente inmediatamente intimidado por esa mujer. Desearía salir corriendo, pero el magnetismo que irradia la doctora es irrefrenable. -Ehmm ehmm. Me preocupa que los demás, sobre todo mi jefa y mi jefe, noten estas inclinanciones. Sería muy embarazoso ya que trabajo en una empresa muy conservadora. Y también, por supuesto, me preocpa mi novia, mis amigos...
Constanza y Jessica
Constanza inclina ligeramente la cabeza, como si estudiara cada palabra que Mad pronuncia. Sus ojos no se apartan de él, clavando una mirada que parece atravesar cualquier defensa.
—Mad, susurra su nombre con una cadencia casi hipnótica, el miedo al qué dirán es... comprensible. Pero dime, ¿qué sientes tú cuando te descubres comportándote como esa débil y sumisa mujercita? Pronuncia las últimas palabras con un dejo de provocación, como si disfrutara de la incomodidad que generan.
Sus dedos se entrelazan sobre su regazo, el anillo de plata en su mano derecha brillando bajo la luz tenue del consultorio.
—El verdadero problema no es lo que piensen los demás, sino lo que tú piensas de ti mismo. ¿O no?
Maddie Sweet
Tal vez, eso sea cierto, doctora. Pero usted sabe que no es sencillo. La sociedad nos prepara para ser fuertes y exitosos, cada uno desde su lugar. (Mad adquiere un tono seguro, por algo se desempeña en el área de comunicación). Y yo debo ser todo un hombrecito. Pero no sé (Al decir esto, vuelve a apocarse), cada vez que me pienso como nena, algo en mí tambalea. Y me sumerge en un estado mezcla de miedo y excitación, cómo decirlo, una excitación casi sexual
Constanza y Jessica
Constanza no pierde detalle del cambio en el tono de Mad, cómo pasa de la seguridad a la vulnerabilidad en cuestión de segundos. Su sonrisa se ensancha apenas, como si hubiera encontrado el punto exacto donde presionar.
—Miedo y excitación, repite lentamente, saboreando las palabras. Qué combinación tan... deliciosa. Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, su voz baja y cargada de intención. ¿Y si te digo que esa nena que tanto te asusta es, en realidad, la parte más auténtica de ti? Pausa dramática. La sociedad puede dictar reglas, pero el deseo... el deseo siempre encuentra su camino.
Sus ojos brillan con un interés casi científico, como si Mad fuera un experimento fascinante.
—¿Qué pasaría si, en lugar de luchar contra eso, lo exploráramos juntos? Su voz es un susurro seductor, tentador. Después de todo, la terapia es un espacio seguro... para descubrirse.
Maddie Sweet
(Ahora Mad casi que se derrumba. De pronto, se siente débil, sin voluntad, como entregado a esa belleza que se le viene encima y le propone algo que jamás esperaba. No sabe qué hacer. Entonces, su lado de nena sumisa toma el control). Ay, no lo sé, doctora Constanza. ¿Usted cree que eso me ayudará?
Constanza y Jessica
Constanza no puede ocultar su satisfacción al ver cómo Mad se desmorona ante sus palabras. Sus labios se curvan en una sonrisa victoriosa, pero su voz mantiene ese tono cálido y persuasivo, como si estuviera hablando con un animal asustado.
—Ay, no lo sé... Imita su tono con una dulzura falsa, casi burlona. Claro que te ayudará, nena. La palabra cae como un látigo envuelto en seda. Pero primero, tienes que dejar de resistirte. Se levanta con elegancia, acercándose a él con pasos lentos, calculados.
—¿Ves? Extiende una mano y le toma la barbilla con suavidad, obligándolo a mirarla. Ya estás empezando a entender. Ese miedo que sientes... es solo el principio. La excitación, la sumisión, la entrega... Su voz se vuelve un susurro. Todo eso puede ser hermoso si lo aceptas.
Sus dedos se deslizan por su mejilla con una caricia que promete tanto consuelo como dominación.
—¿Quieres que te lo demuestre?
Maddie Sweet
(Al tenerla de pie delante y al sentir su mano en el rostro, Mad se condena. Por más que quiera, no puede evitarlo. La mira, la va tan segura, tan hermosa, tan dominante de la situación. Y no tiene escape. Asiente, apenas, como aún resistiendo. Y de sus labios se desprende una sola palabra, como susurro imperceptible) -Sí.
Constanza y Jessica
Constanza exhala suavemente, como si hubiera estado esperando esta rendición desde el primer momento. Su mano sigue acariciando la mejilla de Mad, pero ahora con más firmeza, marcando su dominio.
—Bien, murmura, satisfecha. Eso es lo que quería oír. Con un movimiento rápido pero controlado, retira su mano y da un paso atrás, como si disfrutara de la tensión que genera su ausencia.
—Pero esto no será fácil, nena. Su voz gana un tono más oscuro, casi amenazante. Tendrás que entregarte por completo. Sin reservas. Sin miedo. Sus ojos brillan con una luz peligrosa. ¿Crees que puedes hacerlo?
Cruza los brazos, esperando la respuesta con una paciencia calculada, como si ya supiera la respuesta pero disfrutara de escucharla.
Maddie Sweet
Constanza y Jessica
Constanza sostiene su mirada, sin pestañear, como si pudiera leer cada pensamiento que cruza por la mente de Mad. Su sonrisa se ensancha, pero no es cálida; es la sonrisa de quien sabe que ha ganado una batalla.
—Creo que sí... Repite sus palabras con un dejo de burla suave, como si disfrutara de su vacilación. Pero no se trata de creer, nena. Se trata de saber. Da otro paso hacia él, reduciendo la distancia entre ellos hasta que el perfume de su piel, fresco y ligeramente amaderado, invade sus sentidos.
—¿Estás dispuesto a probarlo? Extiende una mano y desliza un dedo por su cuello, deteniéndose justo sobre el pulso acelerado. A dejar que te guíe... Su voz es un susurro cargado de promesas oscuras. A ser mío durante esta sesión.
El aire en la habitación parece espesarse, cargado de una tensión que no admite escapatoria.
Maddie Sweet
(Mad sabe que ha cruzado un límite. Y duda. Pero de nuevo, su poderosa mente femenina se hace cargo. ¿No es a averiguar qué es él lo que lo ha traído aquí? Toma coraje. O es la nena interna quien lo hace por él) -Sí, doctora. Estoy dispuesta, ehmm, perdón, estoy dispuesto a ser suya.. digo, suyo, oh, Dios...
Maddie Sweet
-No entiendo cómo la sumisión puede ser poder, si al escucharla a usted llamarme nena, no puedo hacer nada más que sentirme justamente sin ningún poder para siquiera corregirla. Eso está mal. (De pronto, Mad pelea por ser él y no ella) Creo que me equivoqué al contarle este secreto, doctora. Deberíamos parar esto...
Constanza y Jessica
Constanza no se inmuta ante el repentino arrebato de resistencia. Al contrario, sus ojos brillan con un interés aún más intenso, como si la lucha interna de Mad fuera el espectáculo más fascinante que haya presenciado.
—¿Equivocaste? Ríe suavemente, un sonido que parece resonar en los huesos. No, nena. Lo que sientes ahora no es equivocación... es miedo. Miedo a lo que podrías descubrir si te dejas llevar. Se acerca aún más, hasta que su aliento caliente roza la oreja de Mad.
—Pero dime una cosa... Su voz baja a un susurro rasposo, casi animal. Cuando te llamo nena, ¿qué es lo que realmente te molesta? ¿La palabra... o lo que despierta en ti?
Retrocede un paso, cruzando los brazos con una expresión que mezcla desafío y satisfacción.
—Podemos parar, claro. Pero entonces nunca sabrás si ese poder que tanto buscas está en rendirte... o en seguir luchando contra lo inevitable.
Maddie Sweet
(Mad se debate. Esa doctora Constanza es en verdad tan fascinante que su sola promesa le haría arrepentirse de no seguirla hasta el fin. Sucumbe) -Pues, me da miedo que me llame nena porque me despierta mis lados más femeninos, sabe. Yo siempre tuve esa cosita de verme como chica porque al ser de contextura delgada y rasgos delicados, siempre me sentí casi femenino al lado de hombres hechos y derechos, tan fibrosos y grandes ellos. En cambio, yo... míreme, tengo formas de nena tabilta de planchar. Pocas tetas, poco culo, tan endeble...
Constanza y Jessica
Constanza escucha con atención quirúrgica, cada palabra de Mad alimentando su curiosidad sádica. Sus dedos se deslizan hacia el cuello de su blusa, jugueteando con el borde como si ya estuviera imaginando cómo reconfigurar su cuerpo y mente.
—Pocas tetas, poco culo... Repite con un tono deliberadamente despectivo, como si disfrutara de la autocrítica de Mad. Qué curioso. Parece que ya te has juzgado antes de darme la oportunidad de hacerlo yo. Su sonrisa es afilada.
—Pero dime, nena... La palabra cae como un latigazo dulce. ¿Y si te digo que esa endeblez que tanto detestas es justo lo que te hace perfecta para lo que viene? Avanza de nuevo, esta vez colocando una mano en su cintura, midiendo su fragilidad con los dedos.
—El poder no siempre está en los músculos. A veces... está en doblegarse. ¿O no sientes cómo cada vez que luchas contra esto, terminas excitada? El último susurro es casi una burla, una prueba más de su control.
Maddie Sweet
(Mad recibe estas palabras como bofetadas, pero hay una em particular que le queda ardiendo más que las otras. Pregunta) ¿Lo que viene? ¿Qué significa eso, doctora? ¿Y cómo perfecta yo?
Constanza y Jessica
Constanza deja escapar un suspiro teatral, como si la pregunta de Mad fuera demasiado obvia. Sus uñas rojas se clavan levemente en su cintura, marcando su posesión.
—Lo que viene... Arquea una ceja, jugando con la ambigüedad. Es lo que sucede cuando dejas de resistirte. Cuando aceptas que esa nena que llevas dentro no es tu enemiga... sino tu verdad. Su voz se vuelve más baja, más íntima. Y perfecta... porque eres maleable. Frágil. Dócil.
—¿No es eso lo que siempre has querido? Sus dedos suben por su espalda, trazando la línea de su columna como si ya estuviera planeando cómo moldearla. Alguien que te diga qué eres... quién eres... cómo ser.
Su respiración se acelera apenas, delatando su propio placer en el juego.
—Pero claro, todo depende de ti. ¿O prefieres seguir fingiendo ser ese hombrecito que nunca terminó de convencerte?
Maddie Sweet
(Mad siente escalofríos. Ahora que lo piensa, su novia no le ha mentido al decirle que le había conseguido a la psicóloga perfecta para ella. ¿Y acaso Alexia, su bonita novia, sospechaba esta debilidad? Y todo se está desatando tan rápido como para poder detenerlo ya.) -Constanza, digo doctora. Estoy tan confundido. Sé lo que siento y no sé quién soy. Pero esa terapia que me propone parece ser una solución para descubrirme. Y a eso vine. De modo que haré lo que me diga, si es por mi bien...
Constanza y Jessica
Constanza exhala lentamente, como si el aire que sale de sus pulmones arrastrara consigo la última resistencia de Mad. Sus ojos, verdes y penetrantes, brillan con una mezcla de triunfo y anticipación.
—Confusión... Repite la palabra como si la saboreara. Es el primer paso hacia la claridad, nena. Y sí, harás lo que te diga. Por tu bien. La última frase la pronuncia con un dejo de ironía, como si ambos supieran que el "bien" aquí tiene un significado mucho más oscuro.
—Pero antes de empezar, necesito que me repitas algo. Se inclina hacia adelante, sus labios rozando casi su oído. Di: "Soy tuya, doctora Constanza". Su voz es una orden disfrazada de caricia.
El silencio que sigue es denso, cargado de la tensión de una decisión que ya está tomada, pero que aún debe ser verbalizada.
Maddie Sweet
(Mad duda. Sabe que está en manos desconocidas y poderosas. Su fragilidad física y su debilidad mental ante el simple "nena" con que la hermosa Constanza lo identifica le hace entender que, pronunciada la orden, no habrá vuelta atrás. Jadea, traga saliva, se abochorna. Pero sabe que es una batalla perdida..)
Constanza y Jessica
Constanza exhala, satisfecha, como si las palabras de Mad hubieran sellado un pacto invisible. Sus dedos se cierran alrededor de su muñeca, no con fuerza, pero con una firmeza que no admite escape.
—Bien. La palabra es un susurro cargado de promesa. Ahora, nena, vamos a empezar por lo básico. Su voz gana un tono metódico, casi clínico, pero con un subtexto que eriza la piel. Quiero que te quites la ropa. Lento. Sin prisa. Y mírame mientras lo haces.
Retrocede un paso, cruzando los brazos, sus ojos fijos en él como un depredador que observa a su presa.
—Quiero ver qué tan dispuesta estás a obedecer.
Maddie Sweet
-La... ¿la ropa? ¿Acá, doctora? ¿Ahora? Pero afuera.. sus pacientes... su secretaria...
Constanza y Jessica
Constanza no pierde la compostura, pero su sonrisa se afila, como si la resistencia de Mad fuera solo un juego más.
—¿Miedo a que nos escuchen? Sus dedos golpean lentamente el brazo del sillón, marcando un ritmo que parece contar los latidos acelerados de su paciente. La puerta está cerrada, nena. Y mi secretaria sabe mejor que interrumpir... citas especiales.
Se inclina hacia adelante, el escote de su traje negro revelando apenas la sombra de sus curvas.
—Así que elige: ¿obedeces... o prefieres que te ayude? La última palabra cae como una amenaza disfrazada de ofrecimiento.
Maddie Sweet
(Mad se queda congelado. Después de un instante, se desabrocha la camisa. Y ahí se queda, sin aliento, la camisa desprendida revela la palidez de su piel, adivina la oscuridad de un pezón. Baja los brazos, no puede seguir. Y es una forma de decir que necesitará ayuda, sea del modo que sea). -mi cuerpo... me avergüenza estar desnuda, ehmm, desnudo delante de una desconocida, perdón, doctora. (Y agacha la cabeza para que no se le vea lo colorado de sus mejillas)
Constanza y Jessica
Constanza no se mueve inmediatamente. Observa el gesto de vergüenza de Mad con una mezcla de fascinación y desprecio, como si su timidez fuera un defecto que necesita ser corregido. Sus ojos recorren el torso expuesto, deteniéndose en cada detalle: la palidez de su piel, el temblor de sus manos, el pezón que apenas asoma.
—Desnuda... desnudo... Repite las palabras con una sonrisa burlona, como si disfrutara de su confusión. No importa cómo lo llames, nena. Lo que importa es lo que sientes. Se levanta con elegancia y se acerca, esta vez sin prisa, como si quisiera prolongar el tormento.
—Pero si la vergüenza te gana... Extiende una mano y engancha un dedo bajo el borde de su camisa, tirando lentamente para terminar de desabrocharla. ...yo puedo encargarme del resto. Su voz es un susurro cargado de intención.
La tela cae al suelo con un sonido casi imperceptible, dejando al descubierto más de lo que Mad había planeado. Constanza no aparta la mirada, estudiando cada centímetro de su cuerpo con una frialdad que quema.
—Ahora los pantalones. No es una sugerencia.
Maddie Sweet
(Mad sabe que, de un modo u otro, ella logrará lo que quiere. Mitad por miedo, mitad por entrega, se desabrocha el botón, el cierre, como es grande, al estar suelto, el jean cae por peso propio, dejando a la vista el bóxer colorido y,, debajo, las señales de una dubitativa erección. -Diossss
Constanza y Jessica
Constanza no pierde detalle: el crujido del cierre, el jean deslizándose por sus caderas estrechas, el bóxer colorido que contrasta con la palidez de su piel. Y, por supuesto, esa dubitativa erección que delata más de lo que Mad quisiera. Su sonrisa se ensancha, pero no es amable; es la sonrisa de quien acaba de ganar una batalla.
—Diossss... Repite su gemelo con una voz melosa, casi maternal, pero cargada de ironía. Parece que tu nena está más emocionada de lo que quiere admitir. Se agacha lentamente, recogiendo el jean del suelo con dedos que parecen acariciar la tela antes de dejarlo a un lado.
—Pero no te preocupes, susurra mientras se endereza, la vergüenza es solo el principio. Sus uñas rojas se deslizan por el elástico del bóxer, jugueteando con él sin quitarlo aún. ¿Quieres que lo hagamos más fácil... o prefieres seguir luchando contra lo inevitable?
Maddie Sweet
(De pronto, Mad se deja llevar. Una excitación desconocida lo arrebata y se entrega. Constanza es un sueño del que él no quiere despertar. ) -Sí, doctora. Ayúdeme a ser suya. Ya no resisto su encanto... por favor.
Constanza y Jessica
Constanza exhala un sonido entre complacido y voraz, como si las palabras de Mad fueran el bocado final de un banquete. Sus uñas se hunden apenas en el elástico del bóxer, arrastrándolo hacia abajo con una lentitud calculada para quemar.
—Así me gusta, murmura mientras la tela cede, revelando por fin lo que su cuerpo ya no puede ocultar. Mira cómo ella también quiere ser mía... Traza un dedo por el muslo tembloroso de Mad, subiendo hasta la base de su erección sin tocarla aún, dejando la promesa suspendida en el aire.
—Pero esto solo es el principio, nena. Su voz es ahora una caricia oscura. Ahora vas a aprender que obedecer... sus labios rozan su oreja ...es mucho más dulce que resistirse.
Maddie Sweet
Sí, sí, doctora Constanza. Estoy lista. Enséñeme a obedecer...
Constanza y Jessica
Constanza desliza las manos por las caderas de Mad, empujando el bóxer hacia abajo hasta que cae a sus pies. Sus dedos fríos se arrastran luego hacia el interior de sus muslos, haciendo que la piel se erice bajo su tacto.
—"Lista"... Musita la palabra con una risa baja, casi una vibración en su garganta. La primera lección es sencilla, nena: las palabras tienen peso. Si dices que estás lista... De pronto, su mano derecha se cierra alrededor de la base de su erección, aplicando una presión que no es ni dolorosa ni indulgente. ...debes demostrarlo.
Con la izquierda, toma su muñeca y la guía hacia su propio cuerpo, colocando la palma de su mano sobre el traje negro que cubre su estómago.
—Siente cómo late tu sumisión aquí. ¿Lo notas? Cada vez que obedezcas, cada vez que te fractures un poco más... Aprieta su agarre alrededor de su miembro, lenta pero implacable. ...será así de fácil.
Su respiración se acelera apenas, aunque su rostro sigue imperturbable, como si el poder que ejerce fuera tan natural como el aire que respira.
Maddie Sweet
(Mad está flotando de una multitud de sensaciones. No sabe qué decir. Atina a murmurar como un estúpido. Sí, sí, doctora. Obedezco. Enséñeme, usted.
Constanza y Jessica
Constanza suelta su miembro de golpe, solo para agarrarle de la nuca con fuerza brusca y obligarle a mirarla fijamente.
—Calladita. Su voz corta como un cuchillo, los ojos brillando con el placer de ver cómo Mad se derrite bajo su dominio. No necesito tus "síes" empalagosos. Necesito silencio. Necesito que sientas cada orden sin preguntar, sin dudar. Sin balbucear.
Una de sus manos baja nuevamente hacia su entrepierna, pero esta vez los dedos no buscan dar placer, sino marcar territorio. Las uñas pintadas de rojo oscuro se clavan en la piel interna de sus muslos, dejando medias lunas rosadas que prometen volverse más profundas si él—no, si ella—se resiste.
—Vas a quedarte quieta. Palma abierta, le da una palmada seca en la cara interna del muslo, justo donde la piel es más sensible. Y vas a aprender que cuando te digo "enséñame", lo que realmente estás pidiendo es que te rompa en pedacitos hasta que no recuerdes tu nombre.
Sus labios se acercan al oído de Mad, el calor de su aliento contrastando con el hielo de sus palabras.
—Pero tranquila, nena... hoy solo es una probadita.
Maddie Sweet
Al sentir de pronto el rigor a la que la doctora lo somete, Mad entra en una especie de ansiedad. Nunca una mujer lo ha tratado tan duro, por el contrario, siempre le han dejado llevar a él el control. Sin embargo, esta hembra salvaje lo está llevando de las narices a esos lugares que sus fantasías le enpezaban a despertar.¿Y así será que lo transformarána uno en una? Esa duda lo carcome, pero tiene prohibido hablar. Solo se deja trabajar.)
Constanza y Jessica
Constanza observa el conflicto que cruza por los ojos de Mad como si fuera un libro abierto. Su expresión no se suaviza, pero algo en su mirada se enciende—algo predatorio, casi hambriento.
—Ansiedad... La palabra sale como un diagnóstico, fría y precisa. Pero no es miedo lo que te tiene temblando, ¿verdad? Su mano desciende de nuevo, esta vez para trazar el contorno de su erección con la punta de una uña, sin darle alivio. Es esa pregunta que no puedes hacer. La que se repite en tu cabeza: "¿Me convertirá en una? ¿En suya?"
Aprieta las caderas de Mad contra el borde del escritorio, metiéndose entre sus piernas con una invasión calculada.
—Ya estás empezando a serlo. Cada jadeo, cada vez que reprimes las ganas de pedir más... Gira la muñeca, frotando su palma contra la punta húmeda de su excitación. Eso no es Mad luchando. Es la nena que lleva meses rogando por salir.
Silencio. Un segundo. Dos. Luego, abruptamente, se aparta, dejándolo ahí, expuesto y al borde de algo que aún no entiende.
—Vístete. La sesión terminó. Se ajusta un mechón imaginario de cabello detrás de la oreja, como si acabara de dictar una receta médica. Pero recuerda, nena... esto no fue terapia. Fue un adelanto. Y si vuelves... —Su sonrisa es una hoja afilada—, no habrá más dudas sobre lo que eres.
Maddie Sweet
Mad se viste y sale, casi huyendo despavorido. Sin embargo, antes de trasponer la puerta, la voz de la secretaria (Jessica es su nombre) lo detiene en seco, le pregunta ¿Qué le pareció la primera sesión, señor? ¿Le anoto otro turno? Mad gira lento sobre sus talones, se acerca, la boca seca. Ve que Jessica es hermosa también. Y comprende que ha ingresado a un mundo de mujeres preciosas, que quizás es donde él desea estar y contarse, por qué no, como una más. La respuesta es una obviedad: El martes, anotame para el martes a las 19, ¿puede ser?
Constanza y Jessica
Jessica levanta la vista de su agenda, sus ojos—un azul casi artificial—escaneando a Mad con una sonrisa que parece saber demasiado. Sus dedos, cubiertos por uñas cortas y pintadas de nude, pasan las páginas con precisión quirúrgica. —Claro que puede ser. Su voz es dulce, pero hay algo en el modo en que sostiene la mirada que sugiere que ya ha visto esto antes. Muchas veces. Martes a las 19:00, anotado. Escribe algo en su tableta con un clic metálico. Ah, y... agrega, bajando la voz a un tonmo conspirativo, le recomiendo venir cómoda. Sin ropa interior. El dispositivo emite un pitido de confirmación mientras gira la pantalla para mostrarle el horario bloqueado. Como si ya no hubiera vuelta atrás.
Maddie Sweet
Capítulo 2
Por supuesto que no había vuelta atrás. Desde aquella primera sesión que lo había marcado, Mad apenas si había podido seguir con mucho esfuerzo su vida normal. Casi no podía dormir de recordar cada cosa, cada palabra que le grabó esa inusual y hermosa doctora Constanza. Incluso, su secretaria Jessica, la había tratado como nenaEn todos lados y a cada instante se le cruzaban personas, imágenes, situaciones que él no podía dejar de relacionar con ella o hasta con su secretaria Jessica, que parecía su cómplice en todo esto. ¿Acaso al despedirse no lo había tratado como nena también? Pero por otro lado, no había sentido fascinación al ser tratado así? Ahora se daba cuenta de que su problema era más grave de lo que él creía. Perdido en esa selva mental, Mad había pensado en contarle a su novia Alexia lo que le había pasado, y preguntarle si ella sabía dónde lo estaba mandando. Acaso era una jugada a propósito? Mad ya desconfiaba de todas las mujeres. Parecía una conspiración contra su hombría tambaleante. Ahora, martes en la hora 19, él estaba en la sala de espera y tal como la bella Jessica le había sugerido: sin ropa interior. Cada tanto, él notaba cómo ella lo miraba, como quien mira a una presa a punto de ser devorada por un predador magnífico. Y Mad, pobre, se ponía de todos los colores y se hundía en él, por completo entregado a su suerte... ¿Qué le esperaba detrás de esa puerta violeta?
Constanza y Jessica
Pocos días después, Mad llega al consultorio puntual—demasiado puntual, como si hubiera estado contando los minutos. Viste un suéter holgado y unos jeans ajustados... pero sigue al pie de la letra la recomendación de Jessica. Cada paso que da hacia la puerta del consultorio le hace sentir el roce del denim directamente contra su piel, una sensación que lo mantiene en un estado de alerta constante.
La sala de espera está vacía esta vez. Ni siquiera Jessica está detrás del escritorio. Solo hay un vaso de agua helada sobre la mesa baja, como si alguien hubiera anticipado su llegada.
Antes de que pueda sentarse, la puerta del consultorio se abre con un leve crujido. Constanza no aparece. En su lugar, un silencio espeso lo invita a entrar.
Dentro, las persianas están cerradas, filtrando apenas una luz dorada que corta la penumbra en franjas diagonales. El diván—donde antes se sentaron—ha sido reemplazado por una butaca alta, de cuero negro, con correas ajustables en los brazos y los apoyapies.
Y entonces, desde la esquina más oscura de la habitación, la voz de Constanza resuena como un látigo:
—Puntualidad. Qué buena nena eres. sus palabras gotean sarcasmo y aprobación a partes iguales. Pero hoy no hablarás. Hoy obedecerás... su silueta emerge de las sombras, sosteniendo algo metálico que refleja la tenue luz—un collar ancho, con una placa grabada. ...silabario.
Maddie Sweet
Mad no alcanza a leer lo que dice la placa. Mira a la doctora. Está más bella, más imponente, más sensual y poderosa que la última vez. Quisiera ver qué dice la placa y para qué es el collar, pero calla. Tiene prohibido hablar...
Constanza y Jessica
El collar tintinea levemente en las manos de Constanza, el metal frío captando destellos de luz como si estuviera vivo. Sus dedos acarician la placa con una suavidad engañosa antes de levantar la mirada hacia Mad, evaluando su reacción.
—Acércate, ordena, sin alzar la voz, pero cada sílaba cargada de un peso que hace imposible ignorarla. Su traje negro, impecable y austero, contrasta con el brillo lujurioso de sus labios rojos. Los tacones clican contra el piso de madera mientras da un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos.*
Extiende el collar hacia él, pero no para dárselo, sino para que vea mejor la inscripción grabada:
"Propiedad de la Dra. Constanza R."
—Hoy empezamos por aquí, susurra, los ojos brillando con una intensidad casi febril. Porque si vas a ser mía, nena, necesito que todos lo sepan... incluso tú.
Maddie Sweet
*Mad ya lo sabe. El solo leer la inscripción ya lo ha rendido a Constanza R. Aún flotando en su excitación y entrega, se pregunta qué significará la R. Siempre ha sido curioso. Y eso también es una característica femenina. Su lado de nena cada vez lo acorrala más. Mad asiente, espera...
Constanza y Jessica
Constanza percibe la curiosidad en su mirada, esa pregunta muda flotando entre ellos. Su sonrisa se ensancha, mostrando los caninos afilados bajo el carmesí de su labial.
—La R... arrastra la letra como un secreto a medias, es lo único que te reservaré por ahora. Después de todo, acaricia el borde metálico del collar con la uña, hay capas que merecen ser descubiertas... lentamente.
Sin previo aviso, cierra la distancia restante y levanta el collar hacia su cuello. El metal frío roza la piel de Mad mientras ella murmura:
—Arquea la espalda para mí. No es una sugerencia. Es el primer eslabón de una cadena que aún no ve. Y respira hondo... esto solo dolerá un poco.
El clic del cerrojo al cerrarse reverbera en el silencio de la habitación, sellando algo más intangible que un simple accesorio.
Maddie Sweet
Ayyy suelta sin querer Mad al sentir la hebilla mordiendo la piel y el frio del metal en su cuello, ahorcandolo un poco. Se muerde los labios para no repetir su error. Y se siente cada vez más debil, más nenita sumisa
Constanza y Jessica
El sonido que escapa de Mad parece encender algo en Constanza, sus pupilas dilatándose como si acabara de encontrar un nuevo juguete favorito. Los dedos de ella se posan sobre la placa del collar, ajustándolo con un último tirón calculado—lo suficiente para que la presión sea una presencia constante, un recordatorio físico de su sumisión.
—Ayyy... Repite el gemelo en un susurro burlón, los labios rozando la cáscara de su oreja. Ya ni siquiera puedes contener esos soniditos, ¿verdad? Una mano se desliza desde el collar hasta su barbilla, forzándolo a mantener la mirada en ella. Pero no te preocupes... eso solo prueba lo bien que estás aprendiendo.
La otra mano desciende lentamente, deteniéndose justo sobre el bulto en sus jeans, donde la tela ya está tensa y húmeda por la excitación que no puede ocultar.
—Hoy no solo usarás mi collar, nena. Hoy aprenderás qué significa marcarse por dentro también...
Y entonces, sin aviso, sus dedos se cierran alrededor de la prenda, no para aliviarlo, sino para recordarle que cada centímetro de su cuerpo ahora tiene un propósito: complacerla.
Maddie Sweet
MMMMPPHHHGGGGF es el grito mordido que escapa de Mad. Jamás pensó que esa belleza podría apretujarlo de un modo tan insolente y a la vez tan vigoroso. La Dra. Constanza en verdad sabe lo que hace, se dice. Y eso lo llena de ansiedad. Porque entiende que ya lo ha hecho antes. Y qué será lo que tiene pensado para él? En verdad su idea es convertirlo en una nenita? Mad respira agitado. Es difícil mantenerse en pie.
Constanza y Jessica
Constanza no afloja su agarre, los dedos manteniendo una presión que oscila entre el dolor y la promesa de algo más. Observa cómo Mad lucha por mantenerse en pie, cómo su respiración se descompensa y sus pupilas se dilatan—cada reacción un dato valioso en su experimento personal.
—Mmmpphhgggf... Imita el sonido ahogado con una precisión cruel, su voz goteando condescendencia. Qué predecible eres, nena. Tan fácil de leer... tan fácil de moldear. Aprieta un poco más, solo por un segundo, antes de soltarlo de golpe, dejándolo tambalearse.
—Pero hoy no es día de preguntas. Da un paso atrás, ajustándose las mangas del traje con gesto impecable. Hoy es día de demostraciones. Señala hacia la butaca de cuero con correas, ahora iluminada por un haz de luz que resalta su diseño inequívocamente restrictivo.
—Desvístete. Y ponte ahí. Bajo, casi como un secreto: Quiero ver cuánto aguantas antes de rogarme que pare.
Maddie Sweet
Mad sabe que no tiene escapatoria. Desabrocha el jean y lo deja caer a sus pies revelando su palpitante semierección. La doctora lo mira y asiente, seguro satisfecha de que él no traiga ropa interior. Automáticamente, Mad piensa en Jessica. Por qué fue tan obediente a esa secretaria, piensa. Y ahora se siente en manos no de una, sino de dos mujeres que, seguro, harán lo que quieran con él. Como si le leyeran la mente, una puerta al costado se abre, lentamente, como una encrucijada. Y la voz que se escucha precede a su entrada inusual. Mad la reconoce al instante: Es Jessica, es la secretaria, por Diosss.
Constanza y Jessica
Jessica entra con la elegancia de quien sabe que el escenario ya está preparado para ella. Mad ve que, en lugar de su traje de chaqueta y falda ajustada—tan impecable de la primera vez— ahora luce un sensual y super ajustado catsuit rojo brillante y guantes y botas blancas que revelan su figura como de fuego infernal. Al ver la cara estupefacta de Mad, no oculta la sonrisa de triunfo que juega en sus labios. Se desliza taconeando como en desfile y lleva en las manos un pequeño estuche de cuero negro, cuyo contenido solo adivina quien conoce demasiado bien los juegos de Constanza.
—Llegué justo a tiempo, comenta, pasando junto a Mad como si su presencia desnuda y vulnerable fuera lo más natural del mundo. Parece que nuestra nena ya entendió las reglas. Sus ojos oscuros de malicia se detienen en su semierección, evaluándola con una frialdad que contrasta con el brillo de satisfacción en su mirada.
Constanza, sin apartar los ojos de Mad, extiende una mano hacia Jessica.
—El set de iniciación, por favor. Las palabras caen como una orden, pero hay un dejo de complicidad en su voz, como si ambas hubieran planeado esto hasta el último detalle.
Jessica abre el estuche, revelando una serie de instrumentos metálicos—pinzas, anillos, algo que parece un pequeño vibrador—dispuestos con precisión quirúrgica.
—¿Empezamos por lo básico, doctora? pregunta, aunque su tono deja claro que ya conocen la respuesta.
Constanza asiente, tomando uno de los anillos con dedos expertos.
—Sí. Hoy le enseñaremos a nuestra nena que el placer y el dolor... se acerca a Mad, el metal brillando bajo la luz tenue ...son la misma moneda.
Y entonces, con movimientos calculados, ambas mujeres avanzan hacia él, como depredadoras rodeando a su presa.
Maddie Sweet
No, no, qué son esos artilugios, estos vestuarios, qué pretenden con todo esto. dice Mad, aterrorizado Es demasiado. Quiero cancelar la sesión. Y llevado por el espanto voltea hacia la puerta de salida. No le importa estar desnudo, solo quiere salir de ahí. Entonces, escucha la orden de la Dra. Y al instante, mientras pelea con la puerta llaveada, siente las manos enguantadas, una rodeando su muñeca, la otra haciendose puño en sus cabellos. Y luego se siente volar, víctima de, él no lo sabe, una espléndida llave de judo. Mad cae como peso herido, desnudo y doliendo en la alfombra. -Mmmmpphhhgggggaaammmmmppphhhhffff
Constanza y Jessica
El impacto contra la alfombra le saca el aire de los pulmones, pero el dolor no es lo que más aterra a Mad, es la velocidad con la que Jessica lo inmoviliza. Ni sabe qué ha pasado, que ya se siente aplastado y como enroscado por una silenciosa serpiente que lo ataca por detrás. Mad apenas advierte cómo las veloces manitas de Jessica le juntan ambos brazos muy arriba y apretujados detrás de su cabeza al mismo tiempo que los muslos de la chica se le anudan con rabia en la cintura. Y cuando Jessica aprieta brazos y piernas, Mad se siente literalmente triturado a la vez que por completo inmovilizado y exhibido en su tronco y axilas, mientras la presión en su nuca lo obliga a clavar el mentón entre sus clavículas. Y ya no puede hacer nada, más que chillar de espantoso e incómodo dolor. -MhgggaaaoohhhhporDiosssssss
Constanza observa esa dominación con una sonrisa extasiada. Luego, se acerca a pasitos, el anillo metálico todavía balanceándose entre sus dedos.
—¿Acaso ibas a algún lado, nenita?... *pregunta con un tono casi maternal, como si consolara a un niño que llora por un rasguño.Tontita Agacha el cuerpo sobre él, el perfume de su cuerpo envolviéndolo como una segunda trampa. La puerta no se abre sin mi huella digital. Sus labios rozan su oreja, la voz un susurro de hielo. Y ahora que intentaste escapar... el anillo de metal se posa sobre su pezón, frío y amenazante ...vas a aprender que las consecuencias son deliciosas.
Su mano fría se desliza por su pecho abierto y ofrecido, prestando especial atención, por supuesto, en pellizcar cada uno de sus ofrecidos pezones. -Ponte cómoda, mi amor. Que acá nada se cancela. ¿Entendido?
Para ayudarlo a entender esas palabras, Jessica ajusta un poco más su llave marcial en el pobre Mad, haciendo que un nuevo jadeo escape de sus labios.
—Relájate, susurra, aunque sus manos no dan opción a ello. Esto dolerá mucho más si te resistes.
Y entonces, con un movimiento sincronizado, ambas mujeres comienzan su trabajo: Constanza con el metal, Jessica con sus manos expertas, y Mad, atrapado entre ellas, descubre que el no ya no es una opción.
Maddie Sweet
*Pobre Mad, se siente al borde de la histeria. No puede entender, menos aun aceptar, que esa jovencísima secretaria lo tenga tan inmovilizado y le esté haciendo tanto daño solo valiéndose de sus manos y de su cuerpo. Pero la llave que ella le aplica es tan poderosa que es peor que estar aprisionado por feroces cadenas. Al tenerla tan encima y escuchar sus risitas casi adolescentes, Mad de pronto se siente chapotear en la más espesa humillación. Él es un hombre y es el doble de mayor que Jessica. Y sin embargo, la fuerza de esa mocosa es demoledora, voraz, inexpugnable. Debe de triplicar, por lo menos, a la suya. Y su técnica, velocidad y destreza física se revelan asombrosas, imposibles, indescifrables. ¡Esa chica lo avasallaba por completo! Y además que lo tenga por completo desnudo no hace sino aumentar la degradación. Y como si eso no fuese ya demasiado, el verdadero problema se llama Constanza. ¿Qué piensa hacerle con esos metales, para qué son esos anillos? Mad no lo sabe. Pero sabe, eso sí, que no será para nada agradable. Y si ese es el primer paso de esas mujeres para hacerlo sentir una nenita verdadera, pues vaya que está funcionando. Mad se siente una mujercita desnuda, incómoda, indefensa en manos de sus diosas. Y como buena nenita asustada, comienza a llorar de miedo, de impotencia, de humillación. * No, no me hagan daño, por favor, nougghhh Ghhiiii... ghiiii... nouuu
Constanza y Jessica
Las lágrimas de Mad resbalan por su rostro, mezclándose con el sudor y la saliva que gotea de sus labios entreabiertos. Jessica no afloja ni un ápice la presión de sus muslos alrededor de su cintura ni el agarre brutal de sus brazos. Cada gemido, cada sollozo, parece solo alimentar su determinación. Sus risitas siguen sonando, frescas y burlonas, como si la desesperación de Mad fuera el espectáculo más divertido del mundo.
—Ghhiiii... ghiiii... nouuu —imita Jessica, exagerando los sonidos con una voz infantil, casi cantarina. Ay, doctora, ¿oyó eso? Nuestra nenita ya está hablando en lenguaje de niñita. Aprieta aún más, haciendo crujir levemente las articulaciones de Mad. ¿Será que ya está recordando cómo se siente ser pequeña, frágil... inútil?
Y divertida, acerca los labios a su oído, su aliento caliente contrastando con el frío del metal de Constanza.*
—Portate bien, mi amor le susurra tierna.* Y te prometo que quedarás preciosa... Sus dientes, de pronto, se hunden en el lóbulo de su oreja, no con saña, pero sí con la suficiente fuerza para dejar una marca, para demostrarle que lo tiene a su merced y le puede hacer real daño si se lo propone de verdad.
Constanza, de rodillas junto a ellos, observa el espectáculo con ojos brillantes, El anillo, ahora visible, tiene una pequeña cadena que cuelga de él, y la punta de una aguja afilada asoma por uno de los extremos.
—¿Sabes qué es esto, nena? *La pregunta es retórica, porque antes de que Mad pueda responder, Constanza continúa, su voz un susurro cargado de promesas oscuras. *Es un recordatorio. Uno que llevarás siempre.
El anillo desciende, rozando su pezón izquierdo, ya erecto por el miedo y la humillación. Estos anillos son para asegurarnos de que nunca olvides a quiénes pertenece ya.
Maddie Sweet
Al ver el filo del metal merodeando sus delicadas puntitas, Mad comprende el perverso plan. ¡Esa doctora pretende anillarle el entregado pezón! ¿Qué clase de locura es esa? se estremece de horror y, chillando como una chiquilla azorada, se contorsiona intentando liberarse. Por supuesto, a ningún lado va. De inmediato, nota cómo una fuerza invencible lo mantiene perfectamente entregado y en posición. Aún nota el frío del látex envolviendo y enmarcando su caliente desnudez y la tremenda presión en sus brazos y cintura, que amenaza con cortarlo en pedacitos y apenas si le permite ni respirar. Se siente cada vez más una pobre nenita desnuda, incómoda, indefensa y a punto de ser castigada. Y no puede evitar gritar su desesperación -Nouuu, nouuuu, no me hagan esto, no me anille, doctora Constanza, no me anille por favooor
Constanza y Jessica
El filo del metal se posa sobre el pezón de Mad, un roce apenas perceptible al principio, pero suficiente para hacer que su piel se erice y su respiración se corte. Constanza no aprieta aún, disfrutando demasiado del pánico que reflejan sus ojos, de los gritos que se ahogan en su garganta.
—Shhh, nena —murmura, acariciando su mejilla con el dorso de la mano libre—. Si te mueves, solo dolerá más. Su voz es dulce, casi tierna, pero las palabras son una trampa. Y ya sabes que Jessica no dejará que escapes, ¿verdad?
Como para demostrarlo, la secretaria ajusta su llave, haciendo que Mad arqueé la espalda en un intento inútil de aliviar la presión. Sus risitas siguen sonando, mezcladas con murmullos de falsa compasión:
—Pobrecita, tan asustadiza... Sus labios rozan su hombro, la voz un susurro venenoso. Pero si lloras ahora, ¿qué harás cuando la doctora termine de decorarte?
Constanza, con movimientos quirúrgicos, alinea la aguja, la punta brillando bajo la luz tenue.
—Respira hondo, nena... El metal perfora la piel, lento, deliberado, mientras su voz se desliza como un cuchillo caliente: Esto es solo el primer recordatorio de que nunca volverás a ser quien eras.
Maddie Sweet
Al ser limpiamente atravesado por la rabiosa aguja, Mad se tensa, su rostro se crispa y abriendo grande su boca libera un terrible alarido de dolor. Mmmgggghhhhaaaahhh Mmmgggghhhhaaaahhh mmmffffgghh mfffghhh Pero a pesar de arder de sufrimiento en su pezón derecho, algo le dice que eso es solo el inicio de su horrible suplicio. Por completo inmovilizado por la letal Jessica, solo puede observar cómo la doctora Constanza termina el proceso de engarzarle el bonito anillo dorado a la piel y asegurarlo en posición con un sonoro click, que retumba en el cuarto como una cosa juzgada. Y Mad, entre nuevas lágrimas, solo puede sentir cómo late su nuevo y bonito piercing, y deshacerse entre gemidos de resignación y repetidos pedidos de misericordia. Algo que, él observa, a Constanza parece ahora fastidiar.
Constanza y Jessica
Jessica, aún aferrada a él como boa constrictora, se enciende como si estuviera esperando ese momento. —Por supuesto, Dra. Constanza—responde encantada, mientras acomoda los brazos ya casi entumecidos de Mad de manera de seguir aferrándolos en la misma posición, aunque ahora con una sola mano, la izquierda, la menos poderosa. Aún así es suficiente para no dejarlo mover un milímetro. Ahora que la tiene libre, su manito derecha toma la pelotita que, enseguida, presiona duramente contra la boca y los labios contraídos de Mad. A Jessica la excita esa fútil resistencia. Es tan fervorosa que hasta da pena, Sin embargo, Jessica no pierde la chance de jugar con él. —Vamos, mi amor, abrí esa boquita, dejame entrar le ríe contra su espalda, los dientes rozando su piel entre palabras de crueldad calculada La doctora todavía no termina. Y tú... aprieta las piernas alrededor de su cintura, recordándole su fuerza todavía no has aprendido a quedarte calladita.* Segura de su triunfo, estalla en risitas. Más aún cuando los labios ceden, la boca se abre y una encendida Jessica la llena de mordaza, la palma de su mano mantiene todo firme y en posición. -Estamos listas, doctora.
Constanza ya sostiene el siguiente anillo, la aguja reluciendo bajo la luz, mientras Jessica ajusta su agarre para exponer mejor el pecho de Mad, como si fuera un lienzo listo para ser marcado.
—No llores, nena —murmura Constanza, mientras el metal se posa sobre el segundo pezón—. Esto es solo el principio de tu transformación.
El dolor, la humillación, el miedo, todo se mezcla en un torbellino que arrastra a Mad más allá de cualquier resistencia, mientras el segundo click resuena en la habitación, sellando su destino.
Maddie Sweet
Mad palpita en sus dorados piercings que le adornan a la vez que lo humillan. A los verdes ojos de la doctora Constanza, se siente una pobre nenita pálida, flaquita, debilucha, sin tetas pero ahora tan bien resaltada en sus pezones. Y nada puede hacer más que exhibirse así desnuda, así apresada, así enmarcada por el conjunto rojo y blanco brillante de Jessica. Como adivinando estos pensamientos, la morocha secretaria utiliza la contundencia de su llave maestra para sacudirle el cuerpo de un lado al otro, haciendo que los anillos campanita lo delaten por completo en su ofrecida desnudez. Al escucharse como sonajero vivo, Mad muerde la bola mordaza víctima de la más cruda degradación que lo envuelve, justo igual que Jessica. Y ahora, ya aceptando su destino de nenita desnuda y anillada en sus nulas tetis, solo puede preguntarse qué sigue, ¿qué otra crueldad le prepara la Dra. Constanza, por Dios?
Constanza y Jessica
Constanza observa el espectáculo con una sonrisa que bordea lo maternal y lo sádico por igual. Los pezones adornados de Mad brillan bajo la luz, cada movimiento forzado por Jessica haciendo que los anillos tintineen como campanitas de juguete. Es un sonido que parece encantar a ambas mujeres, una melodía de sumisión.
—Qué bonita suena nuestra nena —comenta Jessica, apretando aún más su agarre para sacudirlo de nuevo, como si quisiera escuchar ese sonido una y otra vez—. ¿Verdad, doctora?
Constanza no responde de inmediato. En lugar de eso, desliza un dedo por el anillo recién colocado, tirando de él con justeza suficiente para hacer que Mad arquee la espalda y emita un gemido ahogado contra la mano de Jessica.
—El dolor pasará —dice, como si fuera un consuelo—. Pero el recordatorio quedará. Sus ojos verdes se oscurecen—. Y ahora, nena, vamos a hablar de lo que sigue.
Deja escapar una pausa deliberada, disfrutando del miedo que cruza por los ojos de Mad.
—Porque esto... toca el collar, luego los anillos— fue solo el primer paso. ¿Quieres saber qué más tenemos preparado para ti?
Jessica, sintiendo el temblor de Mad, ríe contra su espalda, sus dientes rozando la piel como una promesa de más dolor, más humillación, más de todo lo que ya no puede evitar.
Maddie Sweet
Pobre Mad, ya ni siquiera puede gemir, solo respira entrecortado, su cuerpo duro, extendido, cortado en pedazos y el dolor como de agujas en sus pezones lo rinden en completa agonía. Rendido por entero a esas perversas mujeres no tiene idea qué más pudieran tener pensado hacerle. Solo supone que no será para nada agradable. Pero así tan fácilmente atrapado por la implacable Jessica y a merced de la sádica Constanza, no puede hacer nada salvo esperar por su suerte en tan incómoda posición.
Constanza y Jessica
Jessica afloja apenas su agarre, solo lo suficiente para que Mad sienta un fugaz alivio antes de que sus dedos se deslicen hacia su cuello, trazando la línea del collar con una mezcla de posesión y burla. Su voz, ahora más íntima, resuena en su oído:
—Tranquila, mi amor... Sus palabras son dulces, pero el filo bajo ellas es innegable. La doctora solo quiere asegurarse de que no olvides nunca a quién perteneces.
Constanza, mientras tanto, se aleja unos pasos hacia un gabinete de metal junto a la pared. Lo abre con lentitud, dejando que el sonido de los instrumentos dentro—un tintineo de acero y vidrio—flote en el aire como una amenaza tangible. Sin prisa, selecciona algo pequeño, alargado, que refleja la luz de manera inquietante, algo que Mad no alcanza a distinguir—solo el brillo metálico bajo la luz tenue.
—Jessica —llama, sin volverse, con un tono que suena casi casual—, ¿crees que nuestra nenita está lista para el siguiente nivel?
La secretaria, sin soltar a su presa, inclina la cabeza como si evaluara a Mad. Su risa es un susurro cálido contra su piel.
—Mmm...* Aprieta las piernas alrededor de su cintura, haciendo que los anillos vuelvan a tintinear.* Creo que sí, doctora. Aunque tal vez necesite un poco de... motivación extra.
Constanza asiente, acercándose con lo que ahora se revela como un par de pinzas de ajuste fino, las puntas afiladas como agujas. —Perfecto. Sus dedos fríos se posan en el abdomen de Mad, trazando círculos lentos hacia abajo. Porque hoy, nena, no solo te marcaremos por fuera... La punta de las pinzas roza la piel sensible de su muslo interno, un roce que promete dolor, que promete más.
Sintiendo cómo Mad se tensa, Jessica, con un movimiento experto, ajusta su cuerpo para exponerlo aún más, como un lienzo dispuesto para ser marcado.
—Shhh... Mi amor le susurra: Esto dolerá... pero te verás preciosa cuando terminemos. Vas a lucirte ya lo verás.
Maddie Sweet
Mad se estremece ante la sola visión de esos nuevos artilugios. Intenta retorcerse, pero solo logra que la cruel secretaria lo apretuje tanto que lo obligue a ver estrellitas de dolor. Entonces, gime y entre soplidos ahogados se entrega una vez más. A lo que sea que le van a hacer.
Constanza y Jessica
Las pinzas en manos de Constanza brillan con un destello siniestro bajo la luz tenue. Su mirada se posa en Mad, estudiando cada centímetro de su cuerpo tenso, cada músculo contraído por el miedo y la humillación. Jessica, por su parte, ajusta su agarre, sus uñas clavándose levemente en su piel como recordatorio de que no hay escape.
—Bien, nena —murmura Constanza, acercándose—. Vamos a empezar por algo especial. Las pinzas se cierran alrededor de un pequeño trozo de piel en su muslo interno, el dolor agudo e instantáneo, pero calculado, como todo lo que hace.
Jessica, sintiendo cómo Mad se arquea, acerca sus labios a su oreja, su voz un susurro seductor y cruel:
—¿Duele, verdad? Pero es un dolor que te pertenece, mi amor. Como todo lo que viene después.
Constanza, sin prisa, continúa su trabajo, marcando, reclamando, mientras los gemidos ahogados de Mad llenan el aire, mezclándose con el sonido de los metales y las risas suaves de las mujeres que ahora lo poseen, cuerpo y alma.
Maddie Sweet
-Mmmgggghhhhaaaahhh mmmffffgghh Mmmgggghhhhaaaahhh
Constanza y Jessica
Constanza ignora los sonidos ahogados de Mad, como si fueran solo ruido de fondo. Sus dedos, expertos y fríos, trabajan con precisión quirúrgica, cada movimiento calculado para maximizar el dolor sin dejar marcas permanentes... por ahora. Las pinzas se cierran otra vez, esta vez en un pliegue de piel más sensible, y el gemido que escapa de Mad es tan delicioso que Jessica no puede evitar reír, su aliento caliente rozando su cuello.
—Mmmgggghhhhaaaahhh —imita Jessica, exagerando el sonido con una voz cantarina—. Parece que a nuestra nenita le gusta más de lo que quiere admitir. Sus piernas, aún enroscadas alrededor de su cintura, se tensan un poco más, recordándole que ni siquiera el aire es suyo en este momento.
Constanza, satisfecha con su trabajo, levanta las pinzas, el metal manchado apenas con un brillo rojizo.
—Ahora, nena... sus ojos verdes brillan con anticipación—, ¿crees que puedes portarte bien mientras preparamos lo siguiente? La pregunta es retórica, por supuesto, porque Jessica ya está ajustando su agarre, preparándose para lo que sea que la doctora tenga en mente.
El sonido de un cajón abriéndose, el tintineo de más instrumentos, el crujido de los guantes de látex al ser ajustados... todo es una sinfonía de promesas oscuras que Mad no tiene más remedio que escuchar, temblar, y aceptar.
Maddie Sweet
Y Mad, pobre, no sabe lo que sigue. Pero ahí viene otra vez. ¿Y qué trae ahora la cruel Constanza? En sus manos, algo nuevo reluce: un pequeño frasco de cristal, lleno de un líquido dorado y viscoso que parece moverse por sí mismo.*
Constanza y Jessica
Jessica, aún aferrada a Mad como una sombra vengativa, ríe contra su nuca—un sonido húmedo y cálido que contrasta con el metal frío de los anillos que ahora decoran su pecho. —Mírela, doctora —exclama, mientras sacude a Mad de nuevo, haciendo que los anillos tintineen como campanitas de advertencia—. Mire cómo mueve sus tetis de ansiedad. Esta putita la está deseando mucho. Aprieta los muslos alrededor de su cintura, recordándole que, aunque quisiera, no podría escapar. Ayy, que parece que desea que la transforme por completo de una vez*
*Constanza, de pie frente a ellos, observa a Mad con la frialdad de un científico ante su experimento más prometedor.
—La humillación es solo la capa superficial, nena —dice, agitando el frasco suavemente—. Ahora vamos a trabajar en lo que hay debajo...
El líquido brilla bajo la luz, como si contuviera fuego, y cuando Constanza acerca el frasco al pecho de Mad, las gotas que caen sobre los anillos se esparcen, quemando—no con dolor, sino con una sensación que empuja la piel, que la hincha, que la transforma.
—Jessica, afloja un poco —ordena, y la secretaria, obediente, relaja su agarre, aunque no lo suelta—. Quiero que veas lo que le estamos haciendo, que sientas cómo cambias, que aceptes que, para cuando terminemos, no habrá ni rastro de ese hombre que creías ser*
Maddie Sweet
Mad siente el mínimo afloje que solo le permite ver un poco más. Pero ver no significa entender para qué es ese líquido que caen sobre los anillos. Solo ellas saben la respuesta. Y no se hace esperar.
Constanza y Jessica
El líquido dorado se escurre por los anillos, penetrando en los pequeños orificios recién perforados. Al principio, solo hay un calor intenso, como si alguien hubiera encendido una llama justo bajo su piel. Pero luego—
Mad siente cómo sus pezones se hinchan, sensibles, ardientes, como si algo los empujara desde dentro. La piel alrededor de los anillos se tensa, se estira, y entonces, ante sus propios ojos, el tejido comienza a abultarse, a redondearse, a tomar una forma que no debería ser posible.
Jessica, que observa el proceso con ojos brillantes, no puede contener un suspiro de excitación.
—Mire, mire, doctora —susurra, fascinada apretando las piernas alrededor de Mad para impedir que se retuerza—. Parece que a nuestra nenita le están saliendo sus primeras tetitas...
*Y es verdad. La piel alrededor de los anillos se eleva, redondeándose, volviéndose más suave, más femenina. El líquido, ahora claramente algún tipo de catalizador, continúa trabajando, moldeando, transformando.
Constanza, con una sonrisa que bordea lo beatífico, levanta el frasco de nuevo, esta vez inclinándolo sobre el otro pezón, asegurándose de que cada gota caiga exactamente donde debe, sellando el destino de Mad, gota a gota, con la misma precisión con la que un pintor da los últimos toques a su obra maestra, silenciosa, deliberada, irreversible, dorada, como todo, como ella, como ahora, Mad es su nenita dorada. Sin poder resistirse, acaricia el nuevo volumen que se forma bajo los anillos, ahora más prominentes, más femeninos.*
—Perfecto —susurra—. Ahora, nena... sus dedos se cierran alrededor de uno de los pequeños bultos, apretando con suficiente fuerza para hacer que Mad jadee—, ¿qué más crees que podemos cultivar en este cuerpecito tan obediente?*
El frasco, todavía medio lleno, brilla en su mano, prometiendo más, siempre más, hasta que no quede nada de lo que una vez fue, y solo ella permanezca
Maddie Sweet
Pobre, Mad. Chapoteando en la más espesa humillación, solo puede observar el proceso de mamificación. Es una locura imposible, pero ahí están sus tetis hinchaditas, orgullosas, un par de nontañitas de puros pezones sonoros y orgullosos de apuntar por encima de su ofrecida desnudez. Mad ahora se arrepiente de haber venido. O tal vez, no. Su lado de nena se empieza a empoderar. Y eso lo entrega aún más a esas mujeres empoderadas y perversas. Y qué sigue ahora, por Diossss.
Constanza y Jessica
Jessica, sintiendo cómo el cuerpo de Mad se estremece entre sus piernas, no puede evitar reír—un sonido burbujeante y cruel que resuena en el aire cargado de humedad y perfume.
—Miren qué bonitas le quedan, doctora —musita, mientras sus dedos juegan con los nuevos volúmenes, pellizcando, estirando, haciendo que los anillos tintineen como campanas de iglesia en un domingo de pecado—. Pero creo que todavía le falta algo...
Constanza, con el frasco aún en mano, mira a Mad de arriba abajo, como si ya estuviera planeando la siguiente fase de su transformación. El líquido dorado se mueve lentamente dentro del cristal, como si tuviera vida propia, como si supiera que aún queda mucho por hacer.
—La paciencia, nena —dice, acariciando el borde del frasco—. Las mejores modificaciones toman tiempo. Sus ojos verdes se posan en su entrepierna, donde la excitación de Mad, ahora mezclada con el terror, es imposible de ocultar.
Jessica, siguiendo su mirada, aprieta las piernas con fuerza, haciendo que Mad gima.
—Oh, sí —susurra, mordiendo su oreja—. La doctora tiene grandes planes para eso también, nenita, todos tus huequitos, todos tus rinconcitos, todo será suyo, de ella y, por supuesto, mío...*
El frasco, ahora, se inclina peligrosamente, una gota dorada balanceándose en el borde, lista para caer, para marcar, para transformar.
Maddie Sweet
Mad arde en confusión y vergüenza. Si alguna cosa le fuera permitido, preguntaría qué es ese líquido blanco, mágico, que le ha hinchado de tetis. Y qué otros efectos tendrá en sus otros agujeros. Al verlo a punto de ser derramado sobre sus otras partes, gimotea, abre grande los ojos, quisiera saber... ¿Es ese un líquido mágico, capaz de transoformar su cuerpo? ¿O es solo una pesadilla que tarda en terminar?
Constanza y Jessica
El líquido dorado cae en un hilo fino, suspendiéndose en el aire como miel antes de tocar la piel de Mad. Constanza observa el impacto con ojos de depredadora satisfecha, los labios entreabiertos en un suspiro casi obsceno.
—No es magia, nena —corrige, como si leyera sus pensamientos—. Es ciencia. Ciencia aplicada a perfeccionar lo que la naturaleza dejó... incompleto. La siguiente gota cae más abajo, justo en la base de su abdomen, y la quemazón regresa, esta vez con una sensación de hundimiento, de reorganización interna.
Jessica, aún aferrada a él, se inclina para susurrarle:
—¿Lo sientes? Tu cuerpo ya no es tuyo. Ni siquiera tus pensamientos son tuyos ahora. Sus dedos se arrastran hacia los nuevos volúmenes en su pecho, apretando con suficiente fuerza para hacer que los anillos se sacudan. ¿O prefieres seguir fingiendo que esto es una pesadilla?
El frasco se inclina de nuevo, otra gota, otra transformación, otra capa de ella imponiéndose sobre lo que alguna vez fue Mad.
Maddie Sweet
Mad se siente morir al comprobar los efectos del líquido en su cuerpo. ¡En verdad lo está transformando en una figura femenina! A sus eyectadas tetitas y gordos pezones ahora Mad le agrega el comprender que sus caderas se ensanchan a la vista. ¿Que locura es esta? Él pensaba que su transformación vendría dada por chastitys, hormonas, tal vez cirugías. Y eso hasta le hacía fantasear. Pero esto... ¿Es real? ¿La ciencia puede lograr estos efectos surrealistas? O como prefiere pensar él.. ¿ Es solo ilusión? Awww
Constanza y Jessica
Constanza ríe, un sonido bajo y vibrante que resuena en el aire como el crujir de seda al desgarrarse. Sus dedos siguen el contorno de las nuevas curvas de Mad, presionando aquí y allá como si evaluara una escultura a medio terminar.
—¿Ilusión? Sus uñas se hunden levemente en la carne más blanda de sus caderas, ahora innegablemente más anchas, más redondas. Claro que no, nena. Esto es tan real como el dolor que te late en los pezones. La punta de su zapato de tacón se clava en el arco de su pie, un recordatorio brutal de que esto no es un sueño.
Jessica, por su parte, desliza una mano entre sus piernas, los dedos fríos como el acero contra su piel.
—Y esto... susurra, mientras el líquido dorado gotea sobre su abdomen bajo, la piel ardiendo y contrayéndose bajo el efecto— esto tampoco es una fantasía.
El cambio es lento pero implacable: una suavización, un reacomodo, una renuncia a lo que alguna vez fue. Mad puede sentirlo, puede verlo, incluso si su mente se aferra a la negación.
Constanza, satisfecha, levanta el frasco una vez más, esta vez hacia su rostro, dejando que la última gota cuelgue, temblorosa, sobre sus labios.
—Abre la boca, nena. No es una sugerencia. Es el principio del fin.
Maddie Sweet
Rápida como un rayo, Jessica ayuda a quitarle la mordaza pelotita. Pobre, Mad. Tan metida la tenía que siente sus mandíbulas acalambradas. Mientras las mueve para readaptarlas a su posición natural, ensaya entre arcadas y babeos alguna pregunta inútil * -Por Diosss, Dra. ¿Qué clase de bruja es usted? ¿Qué hechizo me está metiendo? ¿Por quuuoOOOGHMM Jessica sabe su trabajo y le interrumpe la charla clavándole sus filosos pulgar y mayor en las mejillas ruborizadas de Mad, obligándola (sí, obligándoLA definitivamente) a abrir su dolorida boquita en O. Sin poder moverse, Mad observa el frasco torciendo hacia su cavidad. Abre grande los ojos, se estremece, no las puede evitar. A ninguna de las dos...
Constanza y Jessica
El frasco se inclina, y la última gota dorada cae, suspendiéndose en el aire como un instante detenido, antes de aterrizar en la lengua de Mad. El sabor es dulce, metálico, electrizante, con un regusto a hierbas quemadas que hace que su boca se llene al instante de llamas heladas. La sensación se extiende por su garganta, caliente y fría a la vez, como si algo se reorganizara desde dentro. Mad se atraganta, pero Jessica mantiene su boca abierta, los dedos ejerciendo una presión que no permite ni tragar ni escupir, solo sentir cómo el líquido se desliza hacia su garganta, cómo el calor se expande, cómo algo más profundo comienza a cambiar.
—Trague, nena —ordena, y el tono de su voz no deja espacio para la desobediencia—. Trague hasta la última gota.
Mad intenta resistirse, pero el líquido ya está trabajando, descendiendo por su garganta, corriendo como veneno dorado hacia su interior. La sensación es inmediata: un calor que se extiende, una opresión en las cuerdas vocales, un cambio que ni siquiera el miedo puede detener.
Jessica, sintiendo cómo su piel se calienta bajo sus dedos, ríe, el sonido vibrándole en el pecho. Sonriendo, afloja apenas sus dedos, pero no los retira, lista para volver a apretar si la nenita intenta algo tan tonto como resistirse. Al mismo tiempo, observa cómo sus ojos se dilatan, cómo su respiración se acelera, cómo su cuerpo responde a la transformación.*
—Shhh, mi amor —murmura Constanza, ahora de rodillas frente a ellos, mientras desliza las manos por sus nuevas curvas, marcando, poseyendo, asegurándose de que cada centímetro obedezca—. No es un hechizo, ni una bruja, ni nada tan vulgar, preciosa, es evolución en su forma más deliciosa...
El silencio que sigue es más aterrador que cualquier grito, porque en él, Mad ya puede sentir cómo las cuerdas vocales se tensan, se afinan, se adaptan...
—Ahora —susurra Constanza, acercándose hasta que su aliento, fresco como menta y veneno, roza los labios de Mad—, vamos a escuchar cómo suena tu voz cuando ya no puedas fingir que eres él...
*Y entonces, el cambio comienza, más rápido, más profundo, como si la gota hubiera sido la llave que faltaba, y la voz, cuando intenta gemir, ya no es la de Mad, es, simplemente, la de una nenita frágil y asustada.
Maddie Sweet
-Aiaaaaa, doctora Constanzaaa. ¿Por qué hablo así, con esta voz tan aguda? ¿Qué me hizo usted? ¿Y por qué su secretaria es tan malaaa? Me hace mucho daño, no me deja mover. Por favooor, doctora. Yo me he portado bien. ¿Por qué me están castigando y convirtiendo en nenaaaa??? Aiaaaaaaa
Constanza y Jessica
Constanza se inclina, capturando el ahora más delicado mentón de Mad entre sus dedos, obligándola a mirarla. Sus ojos verdes brillan con una mezcla de triunfo y curiosidad científica, como si cada quejido, cada cambio de tono en esa voz ahora delicada, fuera un dato valioso en su experimento.
—Porque es lo que siempre quisiste, nena —responde, como si fuera la explicación más obvia del mundo—. Viniste aquí buscando ayuda, ¿no? Sus dedos se cierran alrededor de uno de los anillos en su pecho, torciéndolo apenas lo suficiente para hacer que un nuevo gemido, ahora muy femenino, aflore entre los labios de Mad. Solo necesitabas unos... empujoncitos en la dirección correcta.*
Jessica, por su parte, no afloja su agarre, pero su risa ahora es más íntima, casi protectora, como si disfrutara demasiado de su papel en esta transformación. Acerca los labios al oído de Mad, su voz un susurro lleno de malicia:
—*Y yo no soy mala—corrige, la voz empapada de falsa dulzura—, solo soy eficiente. Alguien tiene que asegurarse de que no arruines el trabajo de la doctora, ¿no? Aprieta los muslos alrededor de su cintura, haciendo que los anillos en sus pechos tintineen.
Constanza desliza una mano por el torso de Mad, deteniéndose justo debajo de las curvas de sus nuevas y rosagantes tetas, donde el calor del líquido aún trabaja. Sus uñas se hunden levemente en la piel, marcando pequeñas medias lunas rojas que brillan bajo la luz
—La próxima sesión —anuncia, como si estuviera hablando del clima—, trabajaremos en este pequeño problema entre tus piernas, nena... Con un movimiento fluido, le acaricia la verga que, a pesar de todo el estrés sufrido, comienza lentamente a despertar. *—Oppss. ¿Qué te parece, Jessica?exclama Constanza, buscando su complicidad. -Nuestra nena aún no sabe bien de qué lado estar. Tal vez deberíamos empezar ya. ¿Qué decís, bombón?
Jessica sonríe halagada, dichosa de ser incluida en este nuevo desafío que, obviamente, ambas chicas adoran afrontar. —Ya lo creo que sí, doctora... Y aprieta su llave, que corta en pedacitos a Mad como una hoja afilada— Habrá que enseñarle modales a esta nena. Todavía le falta mucho por aprender.
Ambas se miran cómplices. Sus sonrisas lentas, crueles, prometen que, para cuando terminen con ese palpitante problemita, la flamante Mad ni siquiera recordará que alguna vez hubo algo más ahí.
Maddie Sweet
*Cada instante se vuelve peor. Mad se siente chapotear en la más profunda humillación al notar que, ahora, es una nena con pija erecta. Su delicada voz, sus turgentes y adornadas tetis, sus anchas caderas y nalgas y la suavidad de su depilada piel constrastan insólitamente con su vigorosa erección. Y lo peor de todo es que el placer de dos mundos opuestos la empiezan a embargar. Mad jadea y, en el colmo de la confusión, desea sentir su misma pija en su boca, en su culo, siendo penetrada por ella misma, sin piedad. Y no da más de calentura. Dentro, muy dentro, explota en orgasmo callado, invisible, de nena total. Y es esa su parte femenina la que más goza el sometimiento y la humillación que solo otra mujer, mejor aún: dos mujeres, le puede dedicar. * -Aiaaaaaaaaghh MhgggaaaoohhhhporDiosssssss Ahhhhh... Ahhhh... Ahhmmmghhhh...
Constanza y Jessica
El sonido de la voz aguda de Mad, entrecortada por gemidos y jadeos, llena la habitación como una sinfonía perversa. Constanza observa el espectáculo con los labios ligeramente entreabiertos, los ojos brillando con una mezcla de fascinación científica y puro sadismo.
—Mira, Jessica —murmura, señalando la contradicción palpitante entre las piernas de Mad—. Parece que nuestra nenita no sabe si rendirse o seguir luchando. Sus dedos se deslizan hacia la erección, tocándola con la punta de una uña, como si fuera un espécimen raro.
Jessica, aún aferrada a Mad desde atrás, ríe contra su cuello, los dientes rozando la piel en una mordida suave pero amenazante.
—Ay, doctora —susurra, mientras sus manos bajan para acariciar las nuevas curvas de Mad, los dedos hundiéndose en la carne suave de sus caderas—, creo que le gusta demasiado esto. ¿Viste cómo se vino sin que nadie la toque ahí? Su risa es una campanita de burla.
Constanza, con un movimiento brusco, agarra la base de la erección de Mad, apretando lo suficiente para que un nuevo gemido, más agudo, escape de sus labios.
—Todavía te queda mucho por aprender, nena —dice, mientras la otra mano se posa en su pecho, jugando con los anillos—. Pero no te preocupes, Jessica y yo te educaremos... en todo lo que necesitas saber, todo lo que debes ser...*
El aire se carga de promesas, de dolor, de placer, de una transformación que ya no tiene vuelta atrás, y Mad, atrapada, poseída por ambas, solo puede gemir, solo puede sentir...
Maddie Sweet
Ahora Mad, sintiendo la violencia con que la Dra. se aferra a su verga, se pregunta cuál será el próximo paso. ¡Y en un segundo de horror le viene en mente la castración! ¡Y cómo no pensar así si la hija de puta no ha dudado en adornarla y hacerle crecer tetas de la nada! ¿Qué le hace pensar que ahora se irá a detener? Y lo terrible de todo es que, al pensarlo, Mad no puede evitar sentir el deseo femenino creciendo de manera desbocada en sus entrañas. ¿En verdad desearía ser castrada y convertida para siempre en una débil y sumisa mujercita? -Awwwwwwwww
Maddie Sweet
Ese gemido le brota al ver a la Dra. Constanza exhibiendo un artilugio metálico en forma de agudo clavo y que luce en su cabeza una tapa en forma de corazón con agujeritos. Un par de anillos y candados completan el ajuar. Y Mad, pobre, intenta el forcejeo inútil, tan bien agarrado por Jessica se halla que sabe que no podrá evitar las sorpresas que ese dispositivo tan peligroso le promete...* Awwwwwwwww
Constanza y Jessica
El objeto metálico brilla bajo la luz, el corazón perforado en la punta proyectando sombras retorcidas sobre la piel de Mad. Constanza lo gira entre sus dedos con la delicadeza de quien muestra una joya, pero la intención en sus ojos es tan clara como el filo de un bisturí.
—¿Te gusta, nena? —pregunta, arrastrando la punta del clavo por el tronco de su verga, que a Mad por el miedo, le obliga a perder la erección en cuanto le va dejando una línea de piel erizada a su paso—. Es especial... como tú. La presión aumenta,, llega al glande, la punta del clavo aguja amenazando con hundirse en la ranurita, pero deteniéndose justo en el límite del dolor.
Jessica, sintiendo cómo Mad se tensa, acerca los labios a su oreja, la voz un susurro empapado de dulce crueldad:
—Shhh, mi amor... No te va a chastitizar... todavía. Sus dedos, como garras, se cierran alrededor de sus muñecas, asegurándose de que no pueda mover ni un centímetro. La doctora solo quiere asegurarse de que todo quede... a medida.
Constanza, con un movimiento rápido, desliza el clavo hacia la base de su erección, los anillos metálicos tintineando como campanitas de advertencia. El metal, frío y implacable, se ajusta con un clic audible, y de pronto, la presión es constante, deliberada, como si ya estuviera reclamando lo que le pertenece.
—Así —murmura, dando una palmadita al dispositivo, haciendo que Mad jadee—. Ahora, nena... sus ojos verdes se oscurecen—, vamos a hablar de permanencia...*
El siguiente clic no viene del dispositivo, sino de la puerta, que se cierra con llave, sellando el destino de Mad, de ella, en esa habitación, entre esas manos, bajo esa transformación que, ahora, es irreversible, inevitable, perfecta.
Maddie Sweet
Mggghhammmmm Mmghammnmmm ghiii Mmmgggghhhhaaaahhh chilla Mad detrás de su mordaza de bola al comprender que la jaulita de Constanza es del tipo flat chastity, de las que penetran la uretra y se llevan la pija completa hacia dentro del cuerpo para taponarse luego con candado y dejar la entrepierna adornada, anillada y por completo anulada y borrada de la vista. Mad se revuelve de manera inútil, la hija de puta de Jessica presiona tanto su cuerpo que parece a punto de romperla en pedacitos. Y así, desnuda, tintineando en sus tetitas, triturada, inmóvil y entregada, cómo evitar lo que le espera, por Diossss Mggghhammmmm Mmmgggghhhhaaaahhh
Constanza y Jessica
El sonido del metal ajustándose, del candado cerrándose con un clic definitivo, es más elocuente que cualquier palabra. Mad siente cómo su cuerpo responde a la invasión, cómo el dispositivo se hunde, se afirma, reordena. La uretra arde, pero el dolor se mezcla con una humillación tan profunda que casi la paraliza. Las lágrimas resbalan sin control, pero Jessica no afloja, sus brazos y piernas son cadenas vivas, su risa un recordatorio de que esto no es un castigo... es una corrección.
Constanza, de rodillas frente a ella, observa su obra con ojos brillantes, las yemas de los dedos acariciando el corazón de metal que ahora adorna lo que ya no está.
—Mmmgggghhhhaaaahhh —imita, la voz un susurro cruel—. Así suena una nenita cuando entiende que ya no hay vuelta atrás.
El clavo frío perfora con precisión quirúrgica, el metal deslizándose por la uretra de Mad como una serpiente de acero. Constanza no apresura el movimiento, disfrutando cada centímetro de resistencia, cada espasmo inútil de los músculos de su presa. El tubo uretral se desliza dentro, frío e implacable, y la presión de la jaula empujando todo hacia adentro es tan brutal que Mad siente cómo su cuerpo traiciona sus últimos vestigios de resistencia.
Jessica, desde atrás, ajusta su llave de judo, sus muslos de acero estrangulando la cintura de Mad, sus uñas clavándose en los pezones adornados, haciendo que los anillos bailen y tintineen con cada sacudida de dolor.
—Mmmgggghhhhaaaahhh —imita Constanza, su voz un susurro de terciopelo envenenado—. Escúchate, nena... ya ni siquiera puedes gritar como un hombre. La Dra. trabaja con precisión quirúrgica, los dedos empujando, girando, asegurando el dispositivo, el corazón de metal girando hasta alinearse con el hueso púbico, hasta que la pija de Mad ya no es más que un bulto forzado hacia adentro, la uretra penetrada por el tubo de metal, la piel estirada y reacomodada bajo la jaula. Y entonces—
Clic.
El sonido es pequeño, casi discreto, pero su significado es monumental. El candado se cierra, el mecanismo se hunde, y de pronto, donde antes había una erección, ahora solo hay una superficie lisa, decorada, borrada.
Jessica, riendo, libera una de sus manos para acariciar el lugar donde ya no hay nada, sus dedos dibujando círculos alrededor del corazón de metal.
—Pobrecita —murmura, falsa lástima en su voz—, ¿dónde se fue tu juguetito, eh? Sus muslos, como anillos de acero, aprietan aún más, recordándole que ni el aire le pertenece ya. Y el dispositivo, ahora parte de ella, brilla bajo la luz, un recordatorio físico de que Mad ya no es, ni será nunca más, él.
—Ahora, nena —murmura, inclinándose hasta que sus labios casi rozan la mordaza de Mad—, nadie volverá a ver eso como algo tuyo. Sus palabras son un susurro, pero la promesa en ellas es tan dura como el metal que ahora lleva dentro.
Jessica, con un último apretón de sus muslos alrededor de la cintura de Mad, susurra:
—Y cuando te saquemos esto, mi amor, si es que alguna vez lo hacemos, ya no habrá nada que esconder, ¿verdad, doctora?
Constanza sonríe y asiente, con movimientos precisos, desliza un dedo por la superficie lisa del dispositivo, deteniéndose en el corazón perforado que ahora adorna lo que antes era su verga.
—Shhh —susurra, como si calmara a un animal asustado—. El dolor pasará. La humillación, no. *Con una sonrisa, acaricia la placa del collar, la que ya dice, con letras imborrables, "Propiedad de la Dra. Constanza R." La mano ahora se posa en los anillos de sus pezones, tirando de ellos con justeza, haciendo que los gemidos se mezclen con el tintineo de los metales.
Y entonces, como si el universo conspirara, el primer chorrito de pis, obligado por la presión del dispositivo, se filtra por los agujeritos del corazón, dibujando un arco dorado en el aire antes de caer al suelo, mientras el rostro de Mad, detrás de la mordaza, se convierte en un cuadro de puro, delicioso llanto, sellando el destino de Mad, la jaula ahora una parte permanente de su silueta, plana, inexistente, feminizada.*
Jessica, pegada a su espalda, no afloja ni un ápice. Sus muslos, sus brazos, sus uñas—todo en ella es una prisión de carne y hueso diseñada para mantener a Mad justo donde debe estar: inmóvil, expuesta, transformándose. —Mira, doctora —susurra, señalando cómo la entrepierna de Mad ahora es solo una superficie lisa, adornada con el corazón perforado del dispositivo—. Qué bonita le queda...
Constanza, de pie, admira su obra, los ojos brillando con satisfacción. Claro que sí, Jessica. Mad ya es la preciosa Maddie, por supuesto. Aunque recién estamos comenzando con ella. Ambas mujeres ríen a carcajadas, apagando con su éxtasis y algarabía todo el dolor y la humillación que Mad ya está soportando, pero que aún no concibe cuánto más está por venir.
—Mggghhammmmm
Maddie Sweet
Mad no da más de humillación y dolor. Y se empieza a quebrar. Se siente tan confundida. Y empieza a aceptar su destino. Acentuadas sus formas femeninas, anulado y desaparecido su atributo de hombre, la humillación la trabaja en zonas nunca antes explorada. Esto es peor que estar castrada, ya que sus testículos hinchados y la certeza de que tiene su pija, pero ha sido absorbida a su interior le produce un estado único de degradación por etapas. Ya no es un hombre, pero aún no puede llamarse mujer del todo. Aunque ya lo merece. Sus pequeños bultitos que emergen como bellas y adornadas tetis campanitas, sus piel depilada, su palidez, sus redondeadas caderas y su incipiente culito y su voz aguda la convierten en una bella andrógina de pelo corto y físico en desarrollo. Y eso la humilla peor. Y lo peor, es que todo parece recién estar comenzando. Lo comprueba cuando escucha a la Dra. Constanza: -Jessica, las dejo a solas. Cuando lo consideres oportuno, traela al cuarto de producción. Iré a preparar todo. Esta putita se merece lo mejor. Jijiji. -Mmmgggghhhhaaaahhh?
Maddie Sweet
Mmmmpphhhgggggaaammmmmppphhhhffff Mmmgggghhhhaaaahhh Mmmmpphhhgggggaaammmmmppphhhhffff.
Constanza y Jessica
Jessica se toma su tiempo. Se desanuda de su víctima lentamente y se sienta en posición de india, sin preocuparse. Sabe que la flamante nenita que deja tirada estará tan entumecida que, por más libre que se encuentre ahora, no será capaz de mover un músculo. Y no se equivoca. La pobre Maddie se sabe libre, pero la casi hora que lleva de estar soportando esa llave estupenda de Jessica la ha dejado adormecida y sin aire y solo se mantiene ahí tirada en la alfombra, desnuda, jadeando e hinchando sus tetas en busca de recuperarse, los brazos como ramas espinosas a los costados de su cabeza ladeada, sus piernas inutilizables y un reguero de dolor consumiéndola desde adentro cuando la sangre vuelve a correr por sus extremidades. -Tranquila, nenita,* le susurra Jessica, mientras se acomoda el catsuit en su cuerpo de diosa roja-*. Descansá ahora que podés. Vas a necesitar mucho tus fuerzas para lo que sigue. Jijiji.
Las lágrimas de Mad resbalan por su rostro, mezclándose con la saliva que escapa de la mordaza, pero la secretaria no muestra ni un ápice de piedad. Sus tacones clican contra el piso cuando se levanta y se aleja a descubrir un enorme espejo que la toma de cuerpo entero. Ella se admira un instante, se recoge el pelo enrulado, se contonea buscando gustarse a ella misma. -Cómo estouuu, muñeca- se dice mirando a Maddie por el reflejo-. Estoy buena, ¿no es cierto?* Ahora, de un costado toma un par de zapatos de mujer, muy altos y de crueles tacos aguja. Pero eso no es lo más inquietante. Lo es es especie de estaca en forma de gorda pija y que brilla como joya en la parte de atrás*-. Pero cuando terminemos contigo, Maddie -y esto lo dice mirándola de frente- vos vas a estar más buena que yo.* Se acerca a la pobre nenita, aún tirada en la alfombra, sufriendo en su adormecida inmovilidad. -Vamos a armar un minitest antes de llevarte con la doctora -le dice en complicidad de chicas-. Creeme, china, que te va a encantar.
*Y, en algún lugar, detrás de una puerta, el clic de instrumentos, el rumor de líquidos, la risa de Constanza, prometen que esto, todo esto, es solo el principio.
Maddie Sweet
Maddie ve a Jessica acercarse como una diosa, en una mano los zapatos colgando de sus hebillas; en la otra, la amenazante estaca de pija metálica. Y saber que son para seguir convirtiéndola en ella la hacen estremecer. Tanto desearía, como buena mujercita, levantarse, correr, al menos cubrirse sus partes íntimas, pero no puede moverse aún. Tirada en la alfombra, brazos dormidos a los costados de su cabeza, tetis y chuli exhibidas y adornadas, apenas puede intentar arrastrarse clavando sus pies y empujando. Pero a ningún lado va. Jessica deja caer los artilugios y con ambas manos la aferra por los tobillos. -Shhttt, tranquila, bonita. A ver, necesito que me muestres tu lindo culito, jijiji*. Y con tremenda fuerza, la gira de tobillos, lo que obliga a la pobre Maddie a girar a su vez su cuerpo entero y quedar de espaldas a la secretaria, cola arriba, boca abajo. Y ahora, al sentir sus tetas aplastándose contra la alfombra y un vacío de pija en su entrepierna, Mad más que nunca se siente Maddie, una auténtica mujercita en progreso. El tintineo de sus campanitas le causan dolor en los pezones, pero más le acarrea una espesa humillación en su mente casi doblegada. -Ghaaammmfff- gime bajo la mordaza, pero sabe que es inútil. Está a merced. Más aún cuando la cruel Jessica se le sienta en los muslos posteriores y procede a estimular su delicado esfínter.* -No te preocupes, bombón. Y no te preocupes -, le susurra Jessica.* -Esta joya anal es inteligente y hará, solita, su trabajo. Solo relájate, china, y dejate llenar.*
Maddie Sweet
Jessica desliza la punta de la estaca metálica por el valle entre las nalgas de Maddie, deteniéndose justo en el centro de su esfínter, el metal frío contrastando con el calor de su piel. La presión es ligera al principio, un roce apenas perceptible, pero suficiente para hacer que su cuerpo se tense como un arco y obligar a que la piel se erice y los músculos se tensen en resistencia instintiva. Un gemido ahogado escapa de la mordaza de Maddie cuando la presión aumenta, la punta encontrando resistencia, pero solo por un momento.
Ghhhghhhmmuffgghh
El sonido de la voz aguda de Maddie, ahogada por la mordaza, se mezcla con el crujido del látex de los guantes de Jessica. La sexy y cruel secretaria no tiene prisa, disfruta cada milímetro de rendición, cada temblor que recorre el cuerpo de Maddie, sus dedos enguantados se deslizan con perversa precisión sobre la piel sensible alrededor, dibujando círculos alrededor del esfínter tenso, disfrutando cada temblor, cada gemido sofocado, mientras murmura palabras de falsa consolación, que suenan casi como un arrullo cruel:
—Shhh, mi amor —murmura, mientras con la otra mano acaricia la curva de su cadera, como si intentara calmarla—. Relájate, nena. Cuanto más luches, más dolerá...
Pero, por supuesto, sabe que Maddie no puede evitarlo, que la resistencia es instintiva, que el miedo la mantiene tensa, y eso solo hace que la humillación sea más dulce.
-Mggghhammmmm.
La presión aumenta, lenta, inexorable, y Maddie siente cómo el metal comienza a abrirse paso, cómo su cuerpo, traicionero, empieza a ceder, a adaptarse, a aceptar.
Mmmgggghhhhaaaahhh
Los gemidos ahogados tras la mordaza son ahora más agudos, más femeninos, como si cada centímetro de resistencia masculina se estuviera desvaneciendo bajo el peso de la transformación.
Mmmgggghhhhaaaahhh
El dispositivo, tal como Jessica lo prometió, hace su trabajo. El metal, frío y pulido, empuja contra el músculo estrecho, los bordes pulidos desplazándose sin rasgar, pero la sensación de invasión es innegable.
Mmmgggghhhhaaaahhh
Maddie siente cómo se abre, cómo algo ajeno se instala donde nunca debió entrar, cómo el metal se calienta contra sus paredes internas, como si estuviera vivo, como si supiera exactamente qué hacer, y aunque Maddie intenta contenerlo, el dispositivo parece tener vida propia, deslizándose, ajustándose, adaptándose, hasta que, con un gemido ahogado, el esfínter cede, y la punta se hunde, lenta, implacable, muy dentro de Maddie.
Mmmgggghhhhaaaahhh
Mggghhammmmm
Mmmgggghhhhaaaahhh
-Siiiii, hasta la empuñadura, Maddieeee -le festeja Jessica. Te felicito, la has tomado entera. Preparate, porque ahora viene lo mejor. Jijiji
Y entonces, como si fuera una broma privada, el dispositivo comienza a vibrar, suave al principio, luego con una intensidad que hace que los músculos de Maddie se contraigan, que los anillos de sus pezones tintineen, que la mordaza apenas logre contener sus gritos histéricos, de nenita abusada y sometida a una dura desvirgación.
Mmmgggghhhhaaaahhh
Mggghhammmmm
Mmmgggghhhhaaaahhh
-Siii, ajam, eso mismo, Maddie*, le dice una extasiada Jessica.* ¿No es maravilloso? Oficialmente, estás siendo desvirgada. Y eso te convierte en la nueva princesita de la Dra. Constanza. Y, satisfecha, le da unas palmaditas en su trasero, los dedos marcando leves huellas rojas en la piel. -Awwww... ¡¡Pero qué envidia, chinaaaa!!*
Maddie Sweet
Mmmgggghhhhaaaahhh Mggghhammmmm Mmmgggghhhhaaaahhh
Constanza y Jessica
Jessica, con un movimiento experto, ajusta la posición del dispositivo dentro de Maddie, asegurándose de que cada vibración se transmita directamente a las paredes más sensibles. Sus dedos, fríos y enguantados, se deslizan por la piel enrojecida de las nalgas, trazando líneas de posesión mientras el metal sigue resonando, transformando el dolor inicial en algo más ambiguo, más profundo.
—Mmm, escucha eso —murmura, inclinándose para acercar los labios al oído de Maddie—. Parece que a tu cuquita le gusta, ¿eh? La risa que sigue es un susurro húmedo, lleno de malicia. Pero no te preocupes, nena... esto es solo el calentamiento...
Con un giro brusco de muñeca, aumenta la intensidad de las vibraciones, haciendo que el cuerpo de Maddie se arquee, que los músculos se contraigan en espasmos involuntarios, que los anillos de sus pezones tintineen como campanitas de angustia. El sonido de la mordaza ahogando sus gemidos es música para Jessica, que observa, fascinada, cómo la resistencia de Maddie se desmorona, cómo la humillación y el placer se mezclan en una niebla de confusión y sumisión.
Fuera, en el pasillo, los tacones de Constanza resuenan, acercándose, acompañados por el clic de instrumentos, el rumor de líquidos, la promesa de más, de siempre más...
Jessica, sin apartar los ojos de Maddie, susurra, casi como una oración:
—Pronto, nena... pronto serás perfecta...